lunes, 21 de octubre de 2013

¿Es su jefe un psicópata?

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En estos días el Consejero de Educación de Castilla y León, Juan José Mateos, ha declarado ante la comisión de las Cortes que el caso de mobbing de Marta Balmaseda (con sentencia judicial firme) no era tal, y lo ha calificado como un “mero problema de convivencia”.
Una vez más, quienes debieran erradicar las prácticas de acoso de las administraciones públicas, se colocan al lado de los agresores, trivializando y banalizando el sufrimiento de las víctimas. 
Su declaración es más dañina si cabe pues el Consejero es el responsable político directo de la Administración pública responsable de este caso de acoso.
Este caso representa un patrón habitual y el paradigma de la situación que sufren a miles de trabajadores y funcionarios que sienten como el hostigamiento, maltrato o mobbing laboral destruye sus vidas profesional, familiar y socialmente, a veces para siempre, en medio de la cómplice inacción de los responsables de las administraciones públicas que debieran detenerlo.
En mi último libro, “Por si acaso te acosan”, describo el paradigma del mobbing desde el cuento de Blancanieves. Todo acoso comienza con una malvada madrastra (acosador) que se mira en el espejo de su propia incompetencia profesional y proyecta, (víctima de los celos y de la envidia), como culpable de sus males, no a su propia mediocridad, sino la blanca e inocente niña que suele ser siempre la víctima de acoso, a la que en secreto maquina como asesinar profesionalmente. “Tráeme el corazón de Blancanieves en una urna” suelen decretar los instigadores del mobbing, asignando a veces el trabajo sucio a otros que terminan convirtiéndose así en gang de sicarios laborales.
El caso de la víctima suele ser el de alguien que por efecto de su bondad, su carácter ingenuo o no confrontativo, no entiende lo que le ocurre hasta que es demasiado tarde. Su ingenuidad, les impide calcular que en su entorno existen seres peligrosos, llamados psicópatas organizacionales, a los su mera presencia excita un instinto depredador.
Poca gente conoce que en España existen no menos de un millón de psicópatas integrados, la mayoría de los cuales pueblan nuestras empresas y administraciones públicas, alcanzando rápidamente los puestos de mayor poder, por los que se sienten atraídos irremisiblemente. Las víctimas de un psicópata organizacional suelen ser los que no se dejan comprar por estos y se resisten a sus maquinaciones perversas.
Las víctimas del acoso psicológico en el trabajo suelen suponer para estos psicópatas una amenaza. Son sus capacidades profesionales (brillantez, nivel de capacitación, éxito profesional), sus valores y forma de ser (felicidad, alegría, sociabilidad, solidaridad con los demás), lo que les asegura la persecución profesional de los que en su entorno, (lo mismo que la madrastra del cuento), “no pueden soportar” la presencia de la víctima cerca.
El modo de conjurar su envidia y sus celos hacia la víctima es hacerlo todo para eliminarla de su lugar de trabajo, cargándose su imagen, su reputación y su desempeño mediante el despliegue del maltrato verbal, modal, las amenazas y las acusaciones infundadas y falsas que caracterizan los procesos de acoso psicológico.
En el momento crucial de la persecución de la víctima de acoso, se inventa o fabula un mito respecto a su merecimiento de tal acoso. La causa de los errores o fallos que supuestamente ha cometido la víctima y que  sirve para cargársela limpiamente.
El mobbing resulta siempre un crimen laboral “perfecto”. Todos cuantos son eliminados son presentados como indignos, conflictivos o incompetentes. Y todos cuantos son presentados así ante la opinión pública son, de este modo, violenta y limpiamente eliminados de su lugar de trabajo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

POR SI ACASO TE ACOSAN Nuevo LIBRO de IÑAKI PIÑUEL

12 años después….Por si acaso te acosan.

Han pasado ya 12 años desde la publicación de mi primer libro, “Mobbing. Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo” (2001), que fue el primer libro sobre Mobbing que se publicó en español. Otros libros siguieron a este primero. Así, después vieron sucesivamente la luz:

 - en 2003 “Mobbing, manual de Autoayuda” (ed Aguilar), 
 - en 2004 “Neomanagement, jefes tóxicos y sus víctimas” (ed Aguilar), 
 - en 2007 “Mobbing escolar” (ed CEAC), 
 - en 2008 “Mi jefe es un psicópata” (ed Alienta), “La dimisión Interior” (ed Pirámide) y “Mobbing: Estado de la Cuestión” (ed Gestion 2000) 
- en 2009 “Liderazgo Zero” (ed LID). 

En este nuevo libro, el último de la saga dedicada al Mobbing, he incluido la experiencia que he adquirido en los últimos años en la investigación y el tratamiento y asistencia psicológica de miles de casos de acoso psicológico en el trabajo desde el Instituto IEDDI (www.acosopsicologico.com), dedicado a la atención psicológica a las víctimas de la violencia psicológica en el trabajo y en la escuela. 

“Por si acaso te acosan” quiere ser la vacuna psicológica que necesitan las posibles víctimas del acoso psicológico en el trabajo antes de que se conviertan en tales. Se trata de 100 pequeñas dosis de conocimiento y saber práctico para cualquiera que pueda sufrir el mobbing en su desempeño profesional. 
Una vez más en Por si acaso te acosan, he querido contar la verdad de las víctimas que es la única verdad en un planteamiento riguroso y científico de la cuestión: la verdad de su inocencia. La revelación de la inocencia de las víctimas sigue hoy siendo incómoda en un mundo laboral que participa de la visión religiosa mítica y sacrificial propia del neoliberalismo. Desde este enfoque, se tiende a creer que cada uno recibe siempre su merecido por la mano invisible de la Economía. Bien engrasado, el mecanismo victimario del acoso psicológico en el trabajo promueve un mundo laboral absolutamente “perfecto”, puesto que asegura automáticamente la eliminación de todo lo que considera imperfecto, y hace aparecer imperfecto o indigno de existir, todo lo que resulta violentamente eliminado por el propio acoso. 
Un círculo vicioso y falaz que muy pocos conocen. Hay aún quienes pretenden colocar en un plano de igualdad la verdad de las víctimas y la verdad de los perseguidores como si la realidad fuera una cuestión de perspectiva y no existieran datos objetivos y objetivables para establecer que las conductas de acoso existen en verdad y que las víctimas no deliran. En lugar de ser percibidas como tales, las víctimas de mobbing suelen ser por el contrario consideradas como justamente retribuidas por un orden social coherente, justo y por un modo de hacer las cosas que no puede ser sino el que es. 

Situar la verdad de los perseguidores en el mismo plano que la verdad de las víctimas supone que ya no hay diferencia, ni verdad para nadie.

Los “amigos de la neutralidad” reivindican su sinceridad y aparente ecuanimidad ante el acoso, pero su verdad supone el linchamiento de víctimas inocentes. Hay que elegir siempre entre estas dos perspectivas: la de la víctima o la del victimario. En materia de mobbing, evitar tomar partido supone siempre una estafa. Toda afectación de neutralidad, impasibilidad e indiferencia ante las víctimas del acoso psicológico en el trabajo, cualquiera que sea su pretexto (cientísta, estoico, filosófico, religioso, new age, o cualquier otro), no es más que un fraude, una estafa que perpetua el statu quo, prolonga el ocultamiento del mecanismo del chivo expiatorio y nos convierte en cómplices eficaces de todos los perseguidores. En mi opinión, la apasionada defensa de las víctimas de acoso es la verdadera fuente del saber científico y real en torno al mobbing. Dejando aparte todas las calumnias y versiones míticas que pretenden contar la realidad al revés y hacer a las víctimas merecedoras y culpables de lo que les sucede, se alza para todos aquellos que quieran reconocerla, como una luz resplandeciente, la Verdad. Este libro narra esta verdad que permite a las víctimas retornar a la cordura. Recuperada la convicción de su inocencia, pueden sentirse al fin merecedoras de lo bueno. Pueden defenderse y reivindicar el derecho fundamental de todo ser humano a la dignidad, al respeto…también, claro que si, en su trabajo. Cuando vamos al trabajo no dejamos colgados afuera, junto al abrigo, nuestros derechos fundamentales como seres humanos.  

La violencia psicológica sigue siendo clandestina.

Si bien es verdad que como sociedad nos repugnan de manera creciente todas las formas de violencia, también es cierto que hemos refinado nuestras formas de ser violentos los unos con los otros. Pasada una época en la que el maltrato físico y psicológico a la propia esposa, a los hijos, a los compañeros del colegio, o a los empleados, (mi marido me pega lo normal, mi jefe me acosa lo normal, etc…) se veían como algo normal, estos tipos de comportamientos se van haciendo cada vez más inadmisibles y reprensibles a ojos de la mayoría. 
Conocemos cada vez mejor los efectos que la violencia, en otro tiempo mejor camuflada, produce en nuestro entorno doméstico, laboral, escolar…Sabemos que la violencia psicológica es verdadera violencia y que produce verdaderas víctimas. Incluso desde un punto de vista legal estos problemas reciben cada vez más atención pues preocupan a la sociedad en su conjunto. El clamor universal contra de la violencia es en nuestra sociedad algo incuestionable y aparentemente unánime. Entonces, ¿Por qué persiste tanta violencia? ¿Quien no se escandaliza ante los niveles de violencia en un estadio de fútbol entre las hinchadas, en una violenta discusión en una reunión familiar, o en una de las típicas juntas de vecinos copropietarios ? Nuestra visión del fenómeno violento es defensiva. Tiende a expulsarlo de nosotros mismos para verlo y reconocerlo siempre enfrente. 
 No nos cuesta reconocer la violencia en los comportamientos ajenos, pero es enormemente dificultoso reconocerla en los nuestros. La violencia es siempre y por defecto vista y reconocida antes en los demás que en nosotros mismos. Este espejismo no conduce a la erradicación de la violencia sino a su transformación en formas más sutiles, indirectas y por tanto más aceptables. La violencia psicológica dominante en las relaciones humanas actuales es el fruto de este mecanismo de desplazamiento. Preferimos la violencia psicológica a la física porque es más invisible y nos permite mantener una buena opinión acerca de nosotros mismos y al mismo tiempo gozar de los efectos mágicos y trascendentales que toda violencia tiene. Tal y como dice René Girard, tener un chivo expiatorio es, por definición, no saber que uno tiene un chivo expiatorio. Antes, linchábamos a nuestros chivos expiatorios. Hoy en día los linchamientos que conocemos diario son psicológicos, sociales y mediáticos. 
 Las formas de violencia psicológica basadas en la exclusión, la estigmatización, y la violencia verbal contra un adversario hacen furor y son hoy la tónica dominante en las relaciones sociales. Desde los programas televisivos tipo “Gran Hermano” u “Operación Triunfo”, basados en el modelo de la eliminación del rival o adversario, hasta los programas que se nutren de una constante polémica (del griego “Pólemos”= violencia) política, social, familiar o escolar, la violencia forma parte del mecanismo purgativo y reunificador de nuestros grupos humanos en crisis. Somos igual de violentos que antes, pero nuestras maneras se han refinado. Nuestra violencia predominante es ahora de tipo psicológico. Nos hemos vuelto más aparentemente sociables y respetables, pero seguimos sin saber como cooperar, colaborar y unirnos si no es contra alguien, un tercero al que considerar nuestro enemigo común. 
La era de la guerra desencadenada contra el vecino geográfico más cercano, y de la violencia física directa contra un enemigo externo a destruir, ha dado paso a la era actual de la violencia psicológica en la que la guerra social generalizada del todos contra todos, solo tiene como intermedio el periódico señalamiento de algún enemigo común que es inmediatamente linchado socialmente en el propio seno del grupo. Tras uno de estos linchamientos psicológicos, necesitamos siempre nuevas víctimas de recambio. 
La transformación de la violencia física en violencia psicológica permite mantener la ficción de postularnos como una sociedad y unas personas moralmente superiores. Mantener ocultos a nuestros ojos a nuestros chivos expiatorios ayuda a conservar los patrones de una sociedad narcisista, ciega a la cantidad de víctimas de todo tipo que genera. Por eso la preocupación por las víctimas de la violencia es todavía hoy la de las víctimas lejanas, no de las que tenemos cerca, a mano. El próximo-prójimo victimizado con el que es más fácil solidarizarse concretamente pasa a ser sustituido por la víctima abstracta y lejana. La de allende los mares, la de los tsunamis, las hambrunas, las guerras lejanas…. 
Nunca es mi compañero de trabajo que está siendo acosado, el compañero machacado por sus iguales en mi colegio, mi vecino que sufre de la violencia psicológica y la marginación de los demás que le rodean. Este nuevo fariseísmo explica que, de manera global, seamos una sociedad cada vez más penetrada por la violencia y a la vez sensible y preocupada por ella. 
De ahí que nuestro mundo actual es a la vez el más violento que haya existido. Es a la vez el que más victimas crea, y el que más víctimas salva de toda la historia humana.  

El orden social sagrado que soportan las víctimas.

La violencia del mobbing consagra y refuerza el statu quo vigente en una organización. 
La víctima de la violencia organizativa tiene que ser percibida como culpable. No se le permite ostentar ante sus victimarios su status de víctima. Ser víctima de acoso en un sistema organizativo determinado revela que este no funciona adecuadamente. Es un síntoma de que algo muy esencial no funciona en el modo de gestionar la organización en cuestión. La inocencia de una organización frente a las víctimas solo puede construirse socialmente sobre la negación de su existencia. La expulsión de las víctimas que funcionan a modo de chivos expiatorios requiere de una crítica grupal prácticamente unánime. Es la llamada “unanimidad persecutoria”, habitual en todos los procesos de violencia que se prolongan lo suficiente en el tiempo. La víctima ya no es considerada como tal víctima ante los ojos del grupo linchador, Poco a poco se fabrican una serie de falsas explicaciones de lo que ocurre que se convierten en imputaciones y atribuciones acerca de la perversidad, mala intención, y maldad intrínseca de la víctima. Todos los grupos violentos necesitan para que el mecanismo violento funcione como aglutinador del grupo, cerrar filas contra su víctima única, exigiendo a todos sus miembros y de forma implacable la unanimidad, el cierre en la representación en forma de “lealtad de sangre” victimaria. Cada quien tendrá que retratarse respecto a la víctima y respecto al grupo, a favor o en contra de una y del otro. Estar a favor de la víctima significa ponerse en contra del movimiento del grupo y viceversa. Defender a la víctima de la violencia grupal es siempre peligroso pues supone situarse contra al statu quo de dicho grupo y de la organización que este fundamenta y configura. La solidaridad con la víctima, en la medida que requiere resistir la corriente de la tendencia mimética grupal, suele significar arriesgarse a sufrir el mismo destino que la víctima. Son héroes anónimos quienes lo hacen. El paso del tiempo garantizará que no haya ni un solo miembro del grupo, organización o institución que no termine participando de alguna forma en la persecución de la víctima. La persecución pasa a considerarse como cuestión de estado, muestra de fidelidad, una obligación moral o ética, propia de los miembros más observantes y fieles al grupo y a la organización. Participar en este tipo de violencia de “todos menos uno contra ese uno” será un deber y no una opción para un miembro leal del grupo. El entusiasmo en machacar violentamente a la víctima será la prueba irrefutable del carácter partidario y fanático de un miembro que quiera ganar puntos a ojos de su comunidad de referencia. 
Es el modo primordial, y relativamente fácil de demostrar al grupo de referencia que uno pertenece o desea pertenecer a él. 
El acoso y la violencia contra víctimas únicas se configura como uno de los mecanismos sociales más integradores. Resulta extraordinariamente eficaz a la hora de rehacer la unidad o la cooperación perdida. Las organizaciones más tóxicas que existen, desde las mafias a los grupos terroristas, requieren a sus miembros ser furibundos y celosos sacrificadores de víctimas. 
La participación en la violencia contra una víctima a través de un ritual de iniciación garantiza la cohesión, destruye la individualidad ética o moral, y consagra a un miembro como alguien relevante y aceptable a ojos de una comunidad basada y fundamentada en la violencia. Entiendo como tóxicas o psicológicamente nocivas a todas aquellas organizaciones, empresas e instituciones estructuradas mediante mecanismos victimizadores basados en el recurso a la violencia colectiva, que requieren para reestablecer o mantener el orden social y la cooperación recurrir periódicamente a crear internamente víctimas. 
El mecanismo victimizador básico promueve la falsa percepción de un “mundo social ideal o perfecto”. Una organización y un statu quo que se presenta como incuestionable y sagrado puesto que promueve la eliminación automática de aquellos a los que atribuye ser indolentes, vagos, torpes, no alineados, o no suficientemente militantes, fieles o fanáticos y al mismo tiempo hace aparecer como imperfectos, e indignos de ser aceptados o mantenidos en su seno, a todos cuantos van a resultar violentamente eliminados mediante la persecución. El orden social que dimana de la victima se ve a si mismo entonces como trascendente y adquiere un status de “orden sacral o religioso”.  

La jerarquía, el acoso y la paz social del cementerio.

No es irrelevante a efectos de nuestro análisis de la violencia encontrar que la palabra “Jerarquía” procede de dos palabras griegas, hieros, que significa “sagrado” y archein, que significa “regla u orden”. Jerarquía, por lo tanto, significa “el orden sacral o sagrado”. Es decir el orden que nace de un sacrificio. 
La jerarquía y las relaciones jerárquicas son “el orden sagrado” que deriva legitimidad o poder social de su carácter sacral, es decir del sacrificio. La jerarquía de la organización es la materialización del orden social que se deriva del periódico sacrificio de individuos inocentes, que van a ser instrumentalizados, siendo tomados como víctimas que reconcilian y garantizan con su violenta eliminación el mantenimiento del orden social o del statu quo, es decir los “chivos expiatorios”. Toda jerarquía necesita recurrir periódicamente el uso de todo tipo de instrumentos victimarios para rehacer la unanimidad perdida, muy especialmente en tiempos de crisis o de amenaza para el orden social que representa. 
De ahí que en una época de turbulencia, cambios e inestabilidad social sin precedentes como la nuestra se acelere el proceso de fabricación de chivos expiatorios internos o externos en las organizaciones y en la misma sociedad. El número creciente de víctimas del mobbing en el ámbito del trabajo no hace sino demostrar que este mecanismo regulador está llegando a su paroxismo. Las crisis, los desencuentros, los conflictos, las rivalidades entre facciones internas, que amenazan más que nunca la cohesión de las organizaciones sociales, crecientemente descompuestas por el moderno individualismo, el narcisismo social, las envidias, la rivalidad, el resentimiento acumulado, etc.... ya no encuentran resolución sino a fuerza de reconciliar a todos sus miembros mediante la violencia unánime de todos contra uno. Este es el papel que juega desde hace tiempo en nuestra sociedad el deporte de competición, y también de forma creciente la pugna política. 
 Cuanto más turbulenta, inestable o conflictiva es una sociedad u organización, mayor es la necesidad de jerarquía sacral, es decir de generar sacrificios que mantengan el orden. La jerarquía sacral más activa es nuestra casta política, siempre dispuesta a sacrificar a los otros por causa de la razón política, la razón de estado o la razón particular, que siempre es el propio interés y poder, camuflado bajo apariencia de bien común. 
A medida que el ordenante del sacrificio periódico de inocentes “por el bien de la mayoría”, repite su comportamiento se transforma en un poder trascendente. Su capacidad para conseguir ese bien supremo que representa la cohesión del propio grupo social, le sitúa en una posición de dominio. El poder que ostenta se vuelve incuestionable, sagrado. Aquellos que ostentan el poder de sacrificar y perseguir a otros suelen ser de este modo percibidos como garantes máximos del orden social y de la estabilidad, es decir de la paz social. 
De este carácter sagrado y trascendente de la jerarquía organizativa que acabamos de describir se deriva la percepción universalmente compartida por los miembros del grupo de que las cosas no pueden ser como son. Se proyecta la falsa idea de que el mundo laboral no puede organizarse más que de este modo. De un modo victimario y a costa de víctimas propiciatorias. 
Ello garantiza un orden social de facto o statu quo que transforma la percepción de los sucesos violentos y victimizadores en una ficción. Se perciben como hechos ineluctables por la propia naturaleza del ser de las cosas.  

Instigadores frente a defensores: la batalla cósmica en la organización

 El mimetismo grupal sitúa la responsabilidad máxima de los casos de acoso en los que despliegan el mecanismo de linchamiento. Son los instigadores del proceso de acoso. Quienes instigan el proceso de acoso lanzando la primera piedra, inducen el proceso mimético de linchamiento grupal gradual que va tomando velocidad y que con el paso del tiempo tiende a involucrar a todos los miembros, que tienden a participar de un modo no del todo consciente. 
Frente a los instigadores o sacrificadores conscientes, se alzan los defensores de las víctimas de acoso. 
Son defensores quienes se interponen en medio de este proceso victimización y defienden a las víctimas, señalando la verdad técnica que es siempre su inocencia y el no merecimiento del castigo que reciben. Estas dos figuras instigadores y defensores son cruciales para entender los mecanismos del acoso en las organizaciones. Ambas figuras son detenidamente analizadas por la antropología desde la Teoría mimética. 
Quien funciona como instigador-acusador de todo el proceso es la figura que recibe en griego el nombre de satan (literalmente “el que acusa en un proceso”). Este acusador es la figura clave puesto que desencadena todo el peligroso proceso de victimización. Intenta siempre que desde el principio la mayoría de los testigos del acoso sean neutros o indiferentes. Con ello, maximiza la probabilidad de que el propio mimetismo transforme a los inicialmente indiferentes posteriormente en colaboradores y agentes directamente participantes en el linchamiento de la víctima. Por otro lado están los defensores, que en griego reciben el nombre de parakleitos (literalmente ; los que defienden a las víctimas en un proceso). 
Estos defensores se la juegan, al defender a los que sufren acoso puesto que el propio mimetismo linchador grupal atrae sobre ellos mismos la animadversión y los males que intentan atajar contra otras víctimas. Los modernos satanes (del griego Satan = el que acusa-acosa) se especializan en mantener el statu quo o el orden establecido eliminando a los que revelan la inocencia de las víctimas (en giego Parakleitos= el que defiende a las víctimas). Estos satanes sólo saben reinar causando el caos entre los hombres en virtud de una falsa representación del proceso victimizador, que hace pasar por culpables a las víctimas. La denominación utilizada por la Biblia para referirse a estas figuras, centrales en todas las organizaciones sociales, es exactamente la de un fiscal o acusador en un proceso judicial. 
Un satan (acusador) es quien engaña a los demás hombres haciéndoles creer falsamente que las víctimas inocentes son en realidad culpables y responsables de su propio mal. Parakleitos, es el término griego que en latin tiene su equivalente en el ad-vocatus, es por el contrario el abogado que acude en auxilio de una víctima y habla en su favor, actuando en su nombre para defenderla. El Parakleitos en la Biblia es el abogado universal, defensor de todas las víctimas inocentes, es decir el Espíritu de la Verdad con V mayúscula, es decir el Espíritu de Dios. 
Este destructor de toda las representaciones falsas del proceso victimizador es quien rehabilita a las víctimas falsamente acusadas, dándoles la razón última de su inocencia. Como auténtico Espíritu de la Verdad, disipa las tinieblas de la mitología, es decir de la falsa representación de las víctimas como culpables.  

El embalamiento mimético y los Jedis organizativos.

 El grupo de los que son inicialmente indiferentes proyecta la sensación de permanecer siempre así durante todo el proceso de acoso, sin embargo esto no es cierto. El proceso de embalamiento mimético de un linchamiento psicológico como el acoso hace que estos indiferentes pasen muy pronto a formar parte de manera poco consciente del grupo de los linchadores. Semejante tipo de linchamiento solo puede verse dificultado decisivamente por quienes, mediante su comportamiento solidario, de apoyo y defensa de las víctimas, ofrecen un modelo de comportamiento alternativo y no victimizador. 
El mimetismo permite que este comportamiento solidario en defensa de la víctima pueda ser imitado por otros miembros, especialmente por la masa de los inicialmente indiferentes. Un comportamiento social de defensa y solidaridad con el acosado significa la materialización repentina ante los ojos de los indiferentes de un modelo a seguir. Un modelo vivo y concreto para materializar la fundamental obligación de solidaridad con las víctimas de acoso. 
La ruptura del mecanismo de la unanimidad persecutoria por parte de uno solo de los miembros de un grupo violento poseído por un mimetismo linchador destruye el juguete mimético con el que cuenta el acusador. La unanimidad del todos contra uno, que se presentaba como garante del merecimiento de la víctima ya no funciona aquí. Falla la representación de la víctima como culpable en el que se basaba la justificación de la violencia que se abatía contra ella. 
La defensa y la rehabilitación de las víctimas por parte de estos anónimos héroes, auténticos defensores o Jedis modernos, evita e impide el cierre de la representación sobre las víctimas como “merecedoras de su mal”. Los Jedis organizativos, son quienes se adelantan a defender la inocencia de las víctimas: Al ser los primeros en hacerlo, corren el riesgo cierto de seguir su suerte, a manos del mismo proceso mimético. 
Tal y como señala muy acertadamente René Girard: “Fracasar en la salvación de una víctima amenazada de forma unánime por una colectividad, significa el riesgo de sufrir la misma pena que aquella”. Pero los Jedis organizativos cuentan también a su favor con el mismo proceso mimético. El mimetismo o tendencia universal a la imitación también va a permitir que la tendencia de los demás, especialmente los indiferentes, les lleve a emular su comportamiento solidario y de apoyo. Al ofrecer un modelo valido y concreto de conducta, el Jedi puede ser tomado como ejemplo y modelo a imitar por parte de los demás. 
Un modelo positivo que permite defender contra la unanimidad, a una víctima injustamente perseguida. El análisis de los procesos de victimización en las organizaciones, revela que siempre existe esta posibilidad desde el principio. El mal, las injusticias, los abusos y el maltrato, los procesos de eliminación y destrucción psicológica de las víctimas en una organización, pueden y deben ser detenidos desde el principio. La ruptura de la indiferencia inicial y del pacto de silencio en torno a las víctimas, resulta esencial para ello. 
Aunque sea la obra de un solo miembro, el romper esta unanimidad resulta crítico al principio. Los héroes anónimos que se la juegan por los demás, son modelos de comportamiento con el potencial de obrar efectos extraordinariamente positivos en forma de bola de nieve en todos los demás miembros de una colectividad. 
Sin embargo, la elección de la posición ética de cada uno ante el mal en la organización supone un riesgo y no constituye en absoluto una apuesta segura. Solo quien es capaz de arriesgarse y jugársela por las víctimas, posicionándose desde el principio a su favor, es capaz de salvarlas. Invertir de raíz el proceso mimético de victimización en el momento en que este se abate sobre las víctimas es siempre peligroso y puede resultar incluso fatal para los Jedis organizativos. 
Al final, la postura a adoptar resulta ser una decisión ética que llama a la puerta de la conciencia moral de cada uno ante el acoso. Esta posición no se adopta de una vez y para siempre en una especie de opción fundamental, sino que es el fruto de la múltiple y variada gama de situaciones recurrentes ante las cuales nuestras elecciones cotidianas nos van transformando interiormente ya sea en satanes, ya sea en parakleitos.  

Cada uno elige su posición ante la víctima.

viernes, 7 de diciembre de 2012

EL ACOSO EN INTERNET: la nueva frontera del Mobbing

Angeles López en LA RAZÓN escribe: Más de dos años, cerca de novecientos días con sus correspondientes noches, lleva siendo objeto de «ciberacoso». Un psicoterror lento, calculado y perfectamente dosificado por un «depredador cibernético» dispuesto a convertir su PC, móvil o tableta en un campo de concentración. Al despertar cada mañana no sabe por dónde le puede caer la guadaña psíquica: podría ser un email intimidatorio, ver su foto –junto a su nombre, teléfono y dirección– asociados a páginas de prostitución, comprobar que su identidad ha sido suplantada en la red o recibir decenas de llamadas y otros tantos SMS. Ha visto reducidas sus ofertas laborales «la gente recela de trabajar con alguien que puede ser problemática». «Al final el ‘‘calumnia, calumnia’’ de Molière, funciona», expresa conmocionada. No en vano, J., el acosador, intenta cercar su vida emocional, social y laboral, falseando su identidad en Facebook, Twitter o Youtube para añadir a sus amigos, a saber de sus movimientos, e incluso se ha personado en su entorno laboral para difamarla ante sus compañeros tildándola de prostituta especializada en sexo oral... «Las amenazas y peticiones de perdón se suceden alternativamente en los distintos medios tecnológicos que poseo», refiere ella, la acosada, artista multidisciplinar, fotógrafa, bloggera y dj. de 28 años. Hasta que hace unas semanas el acoso dejó de ser virtual: en la acera y fachadas de su vivienda, se puede leer junto a un corazón graffiteado: «P. te amo». «Tengo un pensamiento, como un ‘‘leiv motiv’’ recurrente: terminar con mi vida. No puedo más. Estoy sitiada, sin ofertas laborales porque se ha ocupado de dinamitármelas, sin ganas de salir de casa y en tratamiento psiquiátrico por estrés y ansiedad. Por no hablar de la abulia y el insomnio que padezco». El macabro contraataque se ha redoblado cuando su acosador ha recibido la citación del juzgado para el mes próximo. Además, una de las tres denuncias se ha convertido en causa penal, a instancias del Ministerio Fiscal. «Antes que ciberacosador, cualquier individuo que acomete tales prácticas es, simple y llanamente, acosador. Da igual si los motivos son ridiculizar a un estudiante o presionar a un adulto para mantener una relación: la focalización y obsesión, son idénticas, sólo que internet se presenta como un caldo de cultivo más impune, aunque sólo teóricamente», aclara Iñaki Piñuel, profesor de la Universidad de Alcalá, psicólogo clínico y experto en acoso. No en vano, explica, el acosador persigue aterrorizar a la víctima y no pocos están persuadidos de que tienen una causa justa para asediarla pues merece ser castigada. Cada macabro canal de destrucción psicológica tiene su intrahistoria. El inicio de «esta gran enemistad» es tan antiguo y patológico como desoír el vocablo «no», por respuesta. Chica guapa de 28 conoce a un tipo que le supera en casi una década. Se toman una copa con amigos y él se lleva una negativa de ella para iniciar cualquier tipo de relación sentimental. Aunque en un primer momento se intercambiaron los teléfonos y se añadieron mutuamente a Facebook, tras un primer desencuentro, P. y sus amigos le expulsan de todos sus muros de las redes sociales. Pero su comportamiento fue de manual: falsas acusaciones para dañar su reputación, publicación de información falsa en sites –crea sus propias webs, páginas de redes sociales, blogs o fotologs para su propósito–, recopilación de información a través de amigos o compañeros de trabajo para conocer los movimientos de «su presa». Sólo así saben el resultado de sus difamaciones; a menudo monitorizan las actividades de la víctima e intentan rastrear su dirección de IP en un intento de obtener más información sobre ésta o de que gente extraña se pueda adherir a su agresión. «El problema del acosador es que el obstáculo que les pone su víctima de no querer saber de ellos, aumenta su deseo. Cuánto más se quiere retirar ella, más se obsesiona él», resume el experto Iñaki Piñuel. «Incluso incurren en la falsa victimización y el acosador puede alegar que su presa le está acosando a él», matiza Sara Solano, directora del Gabinete Psicológico Ecubo. P. asiente al escucharlo: «Cuando se entera de que le he denunciado la primera vez, duplica sus esfuerzos: se hace pasar por mí en las redes, se pone en contacto con los diseñadores que me contrataban o con fotógrafos con los que he trabajado para decirles que soy adicta a las drogas, anoréxica o seropositiva, también que practico la zoofilia, que mantengo relaciones sexuales con mis propios padres... O me llama bajo falsas identidades para ofrecerme trabajos, hasta que me doy cuenta de que es él». La omnipresencia y difusión instantánea de la red provoca que el ciberacoso pueda llegar a ser tanto o más traumático que el físico: «Al levantarme, escribo mi nombre para ver qué se le ha ocurrido decir de mí: rastreo todos mis perfiles falsos para borrar todos los comentarios, sé que recibiré incesantemente llamadas o SMS, de amigos o de profesionales de mi medio, que terminan pensando que me he vuelto loca escribiéndoles salvajadas inimaginables, que por supuesto no he escrito. Provoca una vulnerabilidad total. Porque, a día de hoy, ni siquiera tengo una orden de alejamiento», explica P. Al ser una agresión no presencial, el ciberacosador no tiene contacto con la víctima, «no ve sus ojos, su dolor, con lo cual difícilmente podrá llegar a sentir empatía o tener compasión. Obtiene satisfacción en la elaboración del acto violento y al imaginar el daño ocasionado en el otro, ya que no puede vivirlo in situ», aclara la terapeuta Sara Solano. «El acosado –añade Piñuel– puede tener secuelas de por vida si no es tratado a tiempo». Maltratar es sencillo Para según qué tipo de acoso, no hay por qué tener ninguna pericia técnica. «Hoy día cualquiera sabe crear una cuenta de correo. Basta con que sepa tu número de teléfono para que pueda poner un anuncio en una red de contactos y saturarte el teléfono ofreciendo sexo gratis en tu nombre. A menudo tiene que ver más con una cuestión de ingenio. Otra cosa muy distinta sería querer robar datos de tu ordenador o móvil para luego publicar información privada o fotografías tuyas en cualquier página web. En ese caso sí que se necesita algo más. Por lo general un ciberacosador no tiene por qué tener ningún conocimiento técnico avanzado», explica Juan Carlos Jiménez, Ingeniero Informático y Experto en Tecnologías de la Información. «El final de mi mundo conocido». Así denomina la propia P. el momento en que le interpone una segunda denuncia –en febrero de este año– por coacción, amenazas, suplantación de identidad y daños morales. Tras rellenar un extenso formulario en comisaría, pidió abogado de oficio, ayuda psicológica y una orden de alejamiento. Nunca tuvo noticia de ninguna de las tres cosas. Pasados los meses, y al ver que no se la llamaba para juicio, intenta informarse «y me dicen que si no voy con un abogado y un procurador no pueden informarme sobre el proceso». Y añade: «Contraté ambas figuras legales y nos enteramos de que en lugar de como “parte” acudiré al juicio el mes próximo, sólo como víctima y testigo». Es decir, no está personada en la causa «porque no es parte, por lo que tampoco puede tener acceso a las copias del escrito de acusación ni saber el dossier de investigación que ha recabado la Policía», resume su abogado, quien prefiere mantenerse en el anonimato, por preservar la identidad de su defendida. «Pero el Ministerio Fiscal se está portando de maravilla porque ha pasado de ser considerada una posible falta a un posible delito». Desde el momento en que J. –operario en paro que vive con sus padres– ha recibido la citación judicial se ha ocupado de redoblar esfuerzos «torturadores» por todos los medios tecnológicos conocidos. «¿Acaso quiere su momento de gloria?... ¿Te torturo porque eres mía?», resume P. Un delito habitual Aunque no hay datos, el fenómeno empieza a reproducirse de forma exponencial: uno de cada tres jóvenes ha sufrido ciberacoso, y el 19 por ciento de nuestros adolescentes confiesa haber acosado a otro a través de la red (según un estudio realizado por Microsoft en 25 países, y en el que participaron casi ocho mil jóvenes). Antonio Chacón Medina, autor de «Una nueva cara de Internet: el acoso», asegura que «el perfil genérico es el de una persona fría, con poco o ningún respeto por los demás. Un acosador es un depredador que puede esperar pacientemente conectado a la red, participar en chats o en foros hasta que entabla contacto con alguien, generalmente mujeres o niños; disfruta persiguiendo a una persona determinada, ya tenga relación directa con ella o sea una completa desconocida. El acosador disfruta y muestra su poder persiguiendo y dañándola psicológicamente». Rasgos propios de un trastorno narcisista de la personalidad y de un psicópata, según la suma de diversos autores. Hablamos de «un depredador moral» que plantea su relación con los demás como un juego mortal. Una partida de ajedrez en la que él mueve todas las piezas pero teniendo maniatado a su adversario. «Acostumbran a acosar en serie, pero no en paralelo, lo que quiere decir que, por sus biografías, producirán esta conducta de forma permanente.. Primero una, luego otra, y otra –explica Iñaki Piñuel–, mientras, la víctima se siente indefensa o, en algunos casos, culpable, pero siempre sufre un aislamiento psíquico. No tienen por qué ser personas débiles psicológicamente, muy al contrario, puede ser que se enfrenten directamente a su acosador. Pero ellos siempre intentarán manipular el entorno para ponerlo de su parte». Mientras el entorno tiende a trivializar la situación –«olvídalo», «no hagas caso»–, el individuo ejerce en un permanente «gutta cavat lapidem» su violencia sin huella. El fin no es destruir a su presa de forma rápida, sino someterla lentamente hasta dejarla paralizada y disfrutar del interín. Es como un «crimen perfecto», porque la mayor parte de los casos no es el agresor quien mata, sino el agredido quien se quita la vida. El suicidio es el mayor triunfo del acosador moral, lo sepa o no. «Pero conmigo no va a poder –sentencia P. con seguridad– ni me hará caer en la tentación de cometer un paso en falso como intentar comunicarme con él o infringirle yo algún tipo de daño o insulto». La obsesión de J. y el imperativo de notoriedad frente a ella –y el mundo– obedecen a una patología social nueva. Pero, como resume la víctima a modo de despedida: «Colorín, colorado, confío en que cuando le impongan una orden de alejamiento y le caiga la condena que merece, diré que este cuento se ha acabado. Para poder por fin descansar de una vez». El ciberacoso no está tipificado en el Código penal El uso de las tecnologías con el propósito de dañar a alguien de manera reiterada y deliberada tiene sus consecuencias legales. «El ciberacoso es un fenómeno moderno y, como tal, no está tipificado en el Código Penal. Aun así, la mayor parte de los delitos cometidos a través de las tecnologías de la información sí lo están. Por ejemplo, el artículo 143 del Código Penal castiga con pena de prisión de cuatro a ocho años al que induzca al suicidio de otro. No importa el mecanismo utilizado, o si se induce a éste en persona, verbalmente, por chat, por sms. La agresión física representa sólo una pequeña parte del total de estas conductas. La justicia es siempre lenta y la creación de leyes y reglamentos aún más. No hay un tremendo vacío pero las cosas están muy lejos de ser perfectas», explica Juan Carlos Jiménez, Ingeniero Informático y Experto en Tecnologías de la Información. «Lo que es casi seguro–explica Luis García Pascual, inspector jefe de brigada de investigación tecnológica– es que el ciberacosador puede pasar de la potencia al acto, es decir, de la agresión virtual, a la real». «Sus muertes fueron como si fueran mías» «Cuando se suicidó la chica de 15 años Amanda Todd, como esta semana al conocer la del joven holandés, lloré sus muertes como si llorara la mía propia», explica P. Recordemos que esta semana hemos sabido que Tim Ribberink se ha quitado la vida por sentirse presa de un acoso reiterado en la red, y que en otoño, se practicó la autolisis a Amanda Todd, una adolescente canadiense que previamente había difundido un vídeo-denuncia con los siguientes mensajes: «Mi historia: lucha, bullying, soledad, suicidio, autolesiones» no sin haber revelado que tres años antes, un acosador anónimo la había instado a desnudarse y mostrarse por la webcam, creyendo que hablaba con un amigo de su edad.

OJO ¿Tienes un JEFE TÓXICO de tipo NARCISISTA? Un test para tí

En mi último libro LIDERAZGO ZERO. El liderazgo más allá de la rivalidad y la violencia. (Lid editorial) que fue premiado por la FUNDACIóN EVERIS con el premio al mejor ensayo empresarial, repaso el patrón general del comportamiento directivo del jefe tóxico de tipo narcisista presenta unos rasgos típicos que hacen de el una auténtica nulidad como líder, esto es, un auténtico paradigma del liderazgo inefectivo. Os los dejo para vuestra reflexión a continuación: Pensamientos o declaraciones de autovaloración, en contradicción con lo que los demás piensan de él o con la valoración que de él hacen: Aparece como el mejor trabajador de la empresa, o el único que está capacitado para hacer esas tareas, o como la pieza clave sin la cual nada puede funcionar. Se presenta como el mejor de todos con enorme diferencia. Historias de grandes logros o tribulaciones profesionales en el pasado: Aparece como un verdadero businessman, relatando fantasiosas historias de realizaciones, proyectos, que se repiten una y otra vez de manera grandilocuente, refiriéndose a sí mismo en tercera persona o usando constantemente yo, mi, mis, olvidando significativamente la contribución o las realizaciones de otras personas. Hipersensibilidad a la evaluación de los demás: Manifiestan enormes problemas en el momento de ser evaluados por sus superiores jerárquicos, dando la sensación de que aquellos no tienen capacitación o nivel para ello o de que su comportamiento sólo podrá juzgarlo la historia. Echan pestes en privado de los propios jefes y pretenden que las malas evaluaciones que estos hacen de ellos proceden de la envidia o mala fe. Utilización de los demás como espejo o auditorio: Utilizan y se prevalen de su superioridad jerárquica, su cargo o posición, para hacer que los demás escuchen obligatoriamente sus realizaciones, proyectos o historias de éxito. Violación de los códigos éticos de la organización: Sienten que están por encima de las normas internas, que no rigen para personas “tan importantes o decisivas” para la organización. Un observador atento puede advertir quiebras en el comportamiento ético del narcisista en relación con el cumplimiento de las normas organizativas. Suelen ser expertos en la manipulación legal, perpetrando abusos y fraudes de ley. Sensación de crisis apocalíptica: Proyectan hacia su entorno la sensación de que van a producirse crisis inminentes o problemas enormes de los que nadie, salvo ellos, son conscientes y a los que sólo ellos dicen ser capaces de dar respuesta utilizando sus “brillantes” capacidades personales y profesionales. Imprescindibilidad: Se presentan como elementos clave del desarrollo de la empresa u organización. Sin ellos no hay futuro, o éste es sombrío. Suelen pretender que nadie es imprescindible, salvo ellos que, claro está, sí lo son. Pretensiones de nivel, categoría, etc.: por sus relaciones sociales o el nivel de las personas de la organización que frecuentan: Proyectan hacia los demás la sensación de que tratan a nivel interno con “los peces gordos” de la empresa o de que se relacionan con personas de alto nivel social, intelectual o político. Suelen pretender ser convocados a reuniones importantes o cruciales y ser telefoneados o contactados por gente siempre muy importante. Reclamo de atención constante: Utilizan las reuniones con sus equipos para pronunciar discursos en los que escucharse a si mismos. Monopolizan abusivamente el uso de la palabra dándose importancia. En caso de existir verdadero argumento, el tipo de mensaje puede ser absolutamente abstracto o absolutamente concreto, pasándose de las ramas a las raíces sin solución de continuidad. Monopolización del mérito: Se atribuyen sistemáticamente todo el mérito de los proyectos en los que participan, “colgándose todas las medallas”, evitando hablar de la contribución de otros y pasando por alto sus errores, fallos o fracasos. Magnifican o directamente fabulan las alabanzas que supuestamente otras personas (especialmente de alto nivel) les han dirigido. Mesianismo: Se presentan como mesías del proyecto empresarial, con grandes visiones del cauce por el que la estrategia de negocio debe marchar. Reclaman para sí un conocimiento excepcional o de primera mano de los mercados, los clientes, la evolución tecnológica, no atribuible al esfuerzo o trabajo intelectual sino a una genialidad especial o a un rasgo de carácter peculiar que el narcisista dice poseer Comportamiento laboral parasitario: Suelen disponer de lanzados o esclavos que les hacen el trabajo duro y sucio, que luego se atribuyen. A estos los desprecian y denigran, explotándolos y maltratándolos, pretendiendo ser más astutos, más fuertes o más poderosos que ellos. Con ello suelen lograr sustraerse al cumplimiento de sus obligaciones profesionales. Justifican éticamente su comportamiento en el hecho de que todo se hace con el consentimiento del trabajador esclavizado o explotado. Escaparatismo: Sus despachos o zonas de trabajo exhiben de manera ostentosa sus trofeos profesionales, sociales o académicos. Diplomas, certificados, medallas, premios... se combinan con fotografías con personajes importantes en el ámbito empresarial, político o social. Exhiben objetos de gran valor que, supuestamente, marcan el status social o económico de quien los posee. Susceptibilidad a la envidia: Su tema central es la envidia que todos les tienen. Se devanan los sesos por todas aquellas personas que, supuestamente, envidian sus cualidades personales o profesionales. Son capaces de explicar de este modo todo el comportamiento de los demás, basándose exclusivamente en la envidia que hipotéticamente les corroe. En realidad quienes son pasto de la envidia hacia los demás son ellos mismos, no permitiendo que otros miembros del equipo destaquen y bloqueando el ascenso y la promoción de los subordinados más capacitados a los que ven como amenazantes. Viven atemorizados por las capacidades que presentan las personas de su entorno, especialmente las de mayor creatividad, originalidad o valor añadido profesional o personal. Extensión y propagación de la mediocridad: Velan y se preocupan por que nadie prospere a su lado ni debajo. Se encargan de no seleccionar o contratar para sus equipos a personas que puedan ser más capaces que ellos. De este modo y con el paso de los años van extendiendo a su alrededor una atmósfera de mediocridad profesional en la que su capacidad mediocre pueda despuntar. El narcisista solo puede sobresalir en entornos mucho más mediocres que él, por ello se encarga de cultivarlos con esmero y de hacer que florezcan todo tipo de variedades de fauna y flora organizativa de mediocridad. Sensibilidad al nivel: Juzgan los comportamientos o las ideas según el nivel jerárquico que posee la persona que los manifiesta. Las ideas o planteamientos valen lo que el peso jerárquico o social de quien las emite. Suelen alinearse sólo a favor de ideas o planteamientos de aquellas personas que juzgan superiores, no en el plano intelectual, sino jerárquico o político. Persecución del aprendizaje y la capacitación: Al ser incapaces de aprender, por no poder gestionar emocionalmente su ignorancia, no desean que nadie lo haga. El aprendizaje y la formación pueden capacitar a otros que pueden terminar aventajándoles. Suelen ser, por tanto, enemigos declarados de la formación y de las acciones de capacitación, aduciendo diferentes pretextos para ello. Sensibilidad a la categoría de los trabajos: La acomodación o el gusto por tareas o trabajos tiene que ver únicamente con el rango de éstos, y nunca con el grado de interés que le suscitan o con la posibilidad de aprendizaje que puedan procurar. Debido a ello, les cuesta arremangarse y realizar tareas que consideran por debajo de su nivel o categoría. Pensamiento autorreferencial: Las cosas suceden en la empresa en relación con algo que siempre tiene que ver con ellos. Las decisiones que se han tomado “arriba” obedecen a su asesoramiento previo, a su decisiva intervención o a la calidad de su trabajo, etc. Fobia al riesgo y al fracaso: El fracaso les horroriza por su incapacidad de enfrentarse emocionalmente a él. Debido a ello, suelen ser incapaces de afrontar riesgos. La aversión al riesgo les convierte en pésimos emprendedores o promotores o iniciadores de proyectos. Prefieren y optan por el control y la crítica de las iniciativas ajenas, a fin de camuflar su ineptitud emprendedora. Aducen, para justificar esta última la necesidad de realizar nuevos estudios, más análisis, evaluaciones más exhaustivas antes de decidir o emprender nada, llevando a las unidades o departamentos que dirigen a la célebre parálisis por análisis. Nada se hace ni se permite hacer a otros.

Los datos reales del Acoso Escolar en España

Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007. ¿Quiénes suelen ser los autores del acoso escolar? En general los autores del Acoso escolar son niños varones de su propia clase (18,65%) y niños de otras clases (13,42%). En los casos de acoso entre iguales, los varones son señalados como agresores en más del doble de los casos que las niñas (18,65% y 8,03 % respectivamente). Es significativo que un 3,8% de los alumnos refieran a los profesores como autores del maltrato que reciben. Existen diferencias de género importantes en la medida que el número de niños varones que refieren ser maltratados por profesores es cuatro veces más elevado que el número de niñas que lo refieren. Es necesario llamar la atención sobre el auténtico riesgo para la salud de los niños que representa el maltrato del profesorado hacia ellos. Se ha observado en los contrastes estadísticos diferencias significativas con p<0,000 en todas las escalas clínicas entre los grupos de niños que señalan maltrato por parte de los profesores. ¿Se puede ser víctima y acosador a la vez? En todos los estudios europeos sobre acoso tiene importancia establecer una doble clasificación en relación al proceso de victimización y a la participación en comportamientos de acoso contra otros. De este modo se suelen presentar cuatro grupos diferentes: - Grupo de Víctimas puras: los niños que se sitúan dentro de la categoría de víctimas del acoso y la violencia escolar de una manera reiterativa y frecuente y que no participan habitualmente en el acoso de otros. - Grupo de Acosadores puros: los niños que reconocen participar en el acoso de otros o en actos de violencia contra ellos. - Grupo Mixto: los niños que son víctimas de acoso y violencia escolar y que además participan en comportamientos frecuentes de violencia contra otros niños. - Grupo libre de acoso y violencia escolar : los niños que no refieren actos de acoso y violencia escolar contra ellos ni los practican contra otros. Del análisis de los datos de CISNEROS X se puede observar que casi la mitad de los niños están libres de acoso y violencia sea como víctimas o como agresores. Sin embargo esto no equivale a decir que no sufren este problema. No se puede decir que este grupo esté libre del proceso de victimización desde el momento en que la mayor parte de ellos son testigos de las violencias de otros niños contra otros niños. Si nos detenemos a considerar los datos observamos una vez más que el antecedente de toda violencia es una violencia anterior. Se puede apreciar que casi la mitad de los niños que se señalan como agresores también aparecen como víctimas de la violencia de otros. A pesar de ello cabe resaltar que uno de cada 10 niños en edad escolar entre 2º de Primaria y 1º de Bachiller es una víctima pura, es decir recibe comportamientos de acoso y violencia escolar a pesar de que no las práctica contra otros. Tabla 10.2 Participación en la violencia escolar según grupos de víctimas o no víctimas. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 PARTICIPACIÓN EN ACOSO NO VÍCTIMAS VÍCTIMAS TOTALES NO ACOSAN 46,85% 9,31% 56,16% ACOSAN 26,71% 12,72% 39,44% NS/NC 3,21% 1,20% 4,41% TOTALES 76,77% 23,23% 100,00% • 47 de cada 100 niños son “testigos pasivos” de la violencia. No acosan a otros ni son acosados. • 27 de cada 100 niños acosan a otros sin que ellos refieran ser víctimas de acoso. Se trata de agresores o acosadores netos. • 9 de cada 100 niños son víctimas puras del acoso, es decir son acosados pero no participan en acciones de acoso. • 13 de cada 100 niños son víctimas-agresores. Son al mismo tiempo víctimas de acoso y participan en el acoso a otros. Del total de niños que aparecen en el estudio como víctimas de acoso y violencia en el ámbito escolar, un 5,6 % son acosadores muy frecuentes, mientras que un 49,6% reconocen que acosan esporádicamente a otros. Tabla 10.3 Frecuencia de participación en la violencia escolar según grupos de víctimas o no víctimas de violencia. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 PARTICIPACIÓN EN ACOSO NO VICTIMAS VICTIMAS NUNCA ME METO CON NADIE 61,02% 40,08% ALGUNA VEZ 32,69% 49,17% MUCHAS VECES 1,28% 3,12% CASI TODOS LOS DÍAS 0,83% 2,48% NS/NC 4,18% 5,15% TOTALES 100,00% 100,00% Los niños que son víctimas de acoso y violencia escolar desarrollan más comportamientos de acoso y violencia contra otros que los que no son víctimas de acoso y violencia escolar. Tabla 10.4 Distribución de grupos de victimización por cursos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 CURSOS Víctimas puras Acosadores puros Víctimas que acosan No víctimas No acosadores NS/NC 2º PRIMARIA 16,15% 13,85% 20,73% 40,52% 8,75% 3º PRIMARIA 15,86% 20,23% 24,42% 33,03% 6,46% 4º PRIMARIA 12,18% 21,61% 23,91% 38,88% 3,43% 5º PRIMARIA 11,69% 21,84% 15,53% 47,53% 3,41% 6º PRIMARIA 10,00% 25,66% 14,24% 48,40% 1,71% 1 E.S.O. 9,79% 27,47% 11,82% 47,09% 3,83% 2 E.S.O. 8,15% 30,87% 10,01% 46,68% 4,30% 3 E.S.O. 6,12% 31,54% 7,25% 50,62% 4,47% 4 E.S.O. 4,77% 29,58% 4,62% 54,73% 6,29% 1 BACHILL 4,65% 31,00% 6,04% 53,34% 4,98% Gráfico 10.3 Grupos de exposición a la violencia escolar por CC AA. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 ¿Cómo evolucionan los cuatro grupos de exposición a la violencia escolar a lo largo de la etapa escolar? A pesar de que globalmente la escuela funciona como reductora global de los comportamientos de acoso, si atendemos a los dos grupos químicamente puros en materia de acoso y violencia (víctimas puras y acosadores puros) se observa un fenómeno muy significativo. Mientras que el número de víctimas puras va disminuyendo con el paso del tiempo, el número de acosadores puros tiende a crecer y estabilizarse en un nivel máximo al final de la secundaria tal y como se observa en los siguientes cuadros. Tabla 10.5 Evolución de Víctimas puras y Acosadores puros por cursos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 CURSOS Victimas puras Acosadores puros 2º PRIMARIA 16,15% 13,85% 3º PRIMARIA 15,86% 20,23% 4º PRIMARIA 12,18% 21,61% 5º PRIMARIA 11,69% 21,84% 6º PRIMARIA 10,00% 25,66% 1 E.S.O. 9,79% 27,47% 2 E.S.O. 8,15% 30,87% 3 E.S.O. 6,12% 31,54% 4 E.S.O. 4,77% 29,58% 1 BACHILL 4,65% 31,00% Este fenómeno plantea que el acoso y la violencia comienza siendo un fenómeno indiferenciado en la Primaria. Un tipo de violencia característico de un proceso de “todos contra todos”. Este fenómeno evoluciona en el tiempo para ir pasando más manifiestamente en la Secundaria a un tipo de fenómeno de Chivo expiatorio, es decir una violencia de “todos contra uno”. Los períodos negros en los que el número de niños que acosan es creciente son de tres: - Entre 2º y 4º de Primaria - Entre 5º de Primaria y 3º ESO - Entre 4º de ESO y 1º de Bachiller Los períodos en que disminuye el número de acosadores solo son dos: - Entre 4º y 5º de Primaria - Entre 3 º y 4º ESO Grafico 10.4 Evolución de grupos Acosadores y víctimas por cursos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 Podemos dividir al grupo de niños que se reconocen como hostigadores de sus compañeros entre aquellos que solo ocasionalmente los hostigan y aquellos que se reconocen habituales hostigadores. Un total de 39,4 % se reconocen hostigadores ocasionales o frecuentes de sus compañeros. Tabla 10.6 Evolución de acosadores esporádicos y frecuentes por cursos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 CURSOS ACOSAN ESPORÁDICAMENTE ACOSAN MUY FRECUENTEMENTE 2 PRIMARIA 30,60% 4,00% 3 PRIMARIA 42,60% 2,10% 4 PRIMARIA 42,90% 2,50% 5 PRIMARIA 36,20% 1,20% 6 PRIMARIA 37,00% 2,80% 1 E.S.O. 36,40% 2,80% 2 E.S.O. 37,70% 3,20% 3 E.S.O. 34,20% 4,50% 4 E.S.O. 31,70% 2,60% 1 BACHILL 34,40% 2,60% Total 36,50% 2,90% El 36,5 % pertenecen al grupo de hostigadores ocasionales frente al 2,9 % que se reconoce un acosador muy frecuente. Existen diferencias significativas por sexos. Los niños suelen ser hostigadores en mayor medida que las niñas, tanto en el grupo de acosadores ocasionales como en el de acosadores habituales. En este último grupo la tasa de niños acosadores duplica a la de niñas, llegando a ser del 4%. Si analizamos la evolución por edades, observamos una siniestra evolución en el balance entre los acosadores habituales y los acosadores ocasionales, que señala que, con la edad, el tipo de acoso que va teniendo cada vez más peso es el acoso habitual. Grafico 10.5 Evolución de Acosadores esporádicos y habituales por cursos sobre base 100. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 Hasta 5 º de Primaria la relación mejora, pero a partir del curso de 6º de Primaria el número de niños que pasan a ser frecuentes acosadores va ganando peso sobre el grupo de acosadores ocasionales hasta 3º de la ESO. Esto confirma la naturaleza reforzante para el niño que viene practicando el acoso desde hace años y explica que cada vez lo practique con mayor asiduidad, al repetir un comportamiento que le va a suponer éxito social y ventajas de diferente naturaleza. El cambio radical de tendencia al pasar de la Primaria a la ESO es uno de los factores más preocupantes de este estudio. La educación secundaria parece fracasar completamente en la tarea de reducir el número de adolescentes que repiten asiduamente los comportamientos de acoso estabilizándose al final del bachillerato un número considerable de jóvenes que reconocen participar en actos de acoso y violencia contra otros. ¿A qué causas atribuyen las víctimas y los acosadores el Acoso Escolar? Dentro del grupo que se señala como agresor es interesante hacer notar las razones que aducen las víctimas acerca de las causas del acoso que reciben. Es necesario señalar ante todo que la percepción mayoritaria entre los niños que son víctimas es que no saben porqué les acosan Los niños que participan en comportamientos de acoso y violencia escolar se sienten agraviados o frustrados o sienten que los demás les provocan continuamente. Esta posición existencial de tipo paranoide explica que ante el continuado agravio que sienten, desencadenen agresiones contra otros niños muy fácilmente. Por otro lado queda manifiesto el encadenamiento de las violencias pasadas con futuras violencias del modo que se explica a continuación. Grafico 10.6 Razones del acoso sufrido según las víctimas. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 Como ya hemos señalado, la mitad de los niños que son víctimas de violencia contestan a la violencia con violencia y hostigan a su vez a otros, que no tienen forzosamente que ser los que les han agredido. La violencia es el antecedente de la violencia. Se genera así un mecanismo de desplazamiento o agresión vicaria mediante el que las víctimas de violencia canalizan su frustración o agresividad hacia otros niños envueltos en medio de un ciclo violento sin fin. Grafico 10.7 Razones del acoso sufrido según las víctimas por sexos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 Estos resultados subrayan una vez más la importancia, en la protocolización contra el acoso, de desarrollar el valor de la tolerancia hacia el otro y la “tolerancia cero” a la violencia, como formas de no permitir instalarse el ciclo de agravio-venganza o de agresión recibida-agresión emitida contra otros. La segunda razón (8,6%) que señalan los niños que acosan es el humor, el hacer una gracia o gastarle una broma a otros (11,2% los niños y 5,7% las niñas). Muchos de los casos de Acoso comienzan con esta intención de pasar un “buen rato” a costa de otro al que se denigra, ridiculiza o burla. Son buenos modelos para este 8,6 % de los agresores la mayoría de los programas televisivos de humor que utilizan el desprecio, la violencia contra otros o las malas pasadas que se les hacen a otros para hacer reír y ganar audiencia. En muchos colegios ganan audiencia el 8,6 % de agresores que entienden rápidamente que una buena forma de obtener el aplauso, la fascinación, las risas o el reconocimiento social de los otros niños puede ser ponerle motes, reírse de él, ridiculizarlo, etc… Cuando estas conductas de ridiculización no reciben sanción, el efecto de bola de nieve produce una espiral de burla y ridiculización mutua de “todos contra todos” que vuelve a consagrar el principio de “sálvese quien pueda”. Grafico 10.8 Razones del acoso según los acosadores por sexos. Fuente: Informe Cisneros X, ”Acoso y Violencia Escolar en España”. Oñate A y Piñuel I, 2007 Cuanto más ridículo o tonto o torpe se hace aparecer a la víctima, mayor es el daño psicológico que se le hace, tal y como se observa en las mayores correlaciones del factor de Hostigamiento (desprecio y ridiculización) con todas las escalas clínicas. Por tanto las risas, los motes, las humillaciones hacen que las víctimas terminen reforzando el acoso confirmando a todos los demás con su propio malestar psicológico, su llanto y su desestabilización emocional que efectivamente son torpes, estúpidas o tontas. Un 3 % de los agresores justifica su actuación en que “a mi me lo hacen otros” lo cual señala la vigencia actual de la Ley del Talión en nuestras aulas. Muchos padres sin saber lo que hacen refuerzan el problema del acoso cuando marcan a sus hijos en casa el objetivo de contestar con otra agresión a la que reciben. “Si te dan, tu das”. El aburrimiento y la necesidad de animación parecen ser las causas del acoso para un 3,2 % de los agresores. Las diferencias físicas o psicológicas de las víctimas o su debilidad no parecen ser la razón del acoso en el estudio realizado. Una vez más reciben escaso o ningún apoyo empírico los extendidos mitos acerca de la supuesta diferencia o debilidad de las víctimas como causa antecedente del acoso en la mente de los agresores. Tan solo 1% señalan éstas como las razones de su acoso a otros niños. La cuarta razón que más señalan los niños que acosan a otros es evitar que se lo hagan a ellos (3,8% los niños frente a 2% las niñas). Con ello vuelve a aparecer aquí la naturaleza instrumental que tiene para muchos de los que acosan el acosar a otros. Efectivamente muchos niños han descubierto tempranamente que no hay como linchar a otros para reducir la posibilidad de ser linchado uno mismo. El acoso escolar reviste así el carácter de un aprendizaje perverso que acompaña a muchos niños a la edad adulta: la violencia contra otros previene la violencia contra uno mismo. En un mundo de impunidad frente al acoso escolar y de abandono de la disciplina y de la protección debida contra la violencia, algunos niños aprenden a sobrevivir a base de hostigar y agredir a otros o participar en el linchamiento psicológico de otros.

Las fases del Mobbing

El curso de los casos de acoso psicológico en el trabajo suele revestir un carácter repetitivo con pocas variaciones en cuanto a sus fases. Siendo como es una manifestación emergente de un tipo de sistema organizativo tóxico, el mobbing presenta un patrón de evolución bastante fijo que sigue sorprendiendo a víctimas y terapeutas. El mobbing sigue habitualmente una secuencia típica de cinco fases cuya duración puede ser variable en función de la idiosincrasia propia de cada uno de los casos: Fase 1 Incidentes críticos Fase 2 Acoso y estigmatización Fase 3 Intervención de la Dirección Fase 4 Solicitud de ayuda y diagnóstico incorrecto Fase 5 Salida o expulsión 1.Fase de Incidentes críticos El mobbing suele venir precedido de situaciones y relaciones personales altamente positivas entre víctima y hostigador. Esto lleva a una gran confusión a la víctima. La situación desencadenante del acoso suele verse como un conflicto, una diferencia de opiniones, un malentendido, un desencuentro que en un momento determinado adquiere mayor proporción, escalando rápidamente. Esta primera fase no constituye propiamente acoso psicológico y suele durar muy poco tiempo. 2. Fase de acoso y estigmatización En esta fase la persona que ha sido “elegida” es objeto de una focalización. Se trata de señalarla a ella y solo a ella como alguien que merece los ataques de que va a ser objeto. No suele resultar extraño que comience aquí un periodo de “satanización” que intenta proponer a la persona como malvada, pérfida, malintencionada, torpe, etc… En esta fase, el acoso se desarrolla mediante comportamientos de hostilidad repetidos que en otro contexto distinto no revestirían mayor importancia ni implicarían agresión ni intentos de excluir o de deshacerse de alguien. Se señala al trabajador objetivo como una persona “especialmente” torpe, incapaz o malintencionada. A veces se decretan contra ella medidas que la estigmatizan o señalan frente a los demás trabajadores: - Prohibiciones de acceder a determinados lugares o de usar herramientas o equipamientos que no afectan nada más que a ellos. - Emisión de mensajes, órdenes o instrucciones de no hablar o no relacionarse con el trabajador. - Difusión de chismes, leyendas negras o calumnias. - Maltrato o humillación hacia la persona con vistas a hacerla aparecer como indigna de respeto o de consideración humana, - Instigación a que otros trabajadores emulen al hostigador-instigador en el maltrato. Una vez que se hace perder el respeto a la dignidad del trabajador, todo es más fácil, sobre todo si éste no hace nada por defenderse o hacer frente. La trivialización de un maltrato focalizado en ese trabajador va a ir animando a otros trabajadores a sumarse al linchamiento hábilmente organizado e incentivado por el instigador. Estos comportamientos no pueden considerarse como casuales, a la vista de la continuidad, la frecuencia, y la focalización con que se ejercitan contra la víctima. A pesar de ello, los intentos de los hostigadores por hacerlos pasar como insignificantes o incluso anodinos suelen ser casi siempre exitosos. Se trata de comportamientos que presentan una intencionalidad perversa y nacen de un proceso de intención persistente y recurrente contra una persona que se materializa en la decisión de “ir a por ella”. El comportamiento se dirige a perjudicar, castigar, minar psicológicamente y aterrorizar al trabajador usando contra él un tipo de manipulación agresiva que pretende su exclusión. En esta fase comienzan a aparecer una serie de secuelas psíquicas que interfieren con el desempeño laboral afectándolo y modificándolo a la baja. El trabajador entra en confusión, encontrando por primera vez una evidencia de que los acusaciones y las críticas destructivas de que es objeto tiene una verificación en un pobre desempeño laboral. La inseguridad genera lentitud, e incrementa los errores y fallos. Los fallos de memoria así como los problemas de concentración le dan a la víctima una percepción equivocada y “ad hoc” de que efectivamente tienen razón quienes la critican y hostigan. De ahí a la aceptación de la culpabilidad no media un paso. El envenenamiento de las relaciones con los demás, hábilmente orquestado por el hostigador-instigador, así como los incidentes críticos en forma de “broncas”, malentendidos, “encontronazos” y choques con compañeros, clientes, jefes, etc… tienen origen en la irritabilidad de la víctima que es a su vez el efecto de la frustración por las agresiones sutiles que recibe. Sin embargo se van a presentar estas secuelas del hostigamiento como una evidencia de que existe una mala actitud o incluso un problema psicológico previo en la víctima. Con ello, los agresores suelen presentar el efecto del mobbing que han generado ellos mismos como la causa del mismo, aduciendo que lo único que le ocurre a la víctima es que está resultando víctima de su propio mal desempeño laboral, de su mala relación humana con los demás, de su mala disposición al trabajo o de sus problemas psicológicos previos. Este proceso de estigmatización termina consiguiendo su propósito de presentar a la víctima ante la opinión pública como torpe, incapaz, malintencionada, o desequilibrada psicológicamente. Con ello se le hace aparecer como merecedora del castigo que recibe. Se consigue además que las víctimas entren en una fase de confusión y de inculpación que es el antecedente de la indefensión con que viven el mobbing y que explica la paralización ante el acoso que padecen. 3. Fase de Intervención de la dirección Es muy frecuente que las víctimas de mobbing cumplan un papel muy “saludable” para algunas organizaciones “tóxicas” como chivos expiatorios. Con ello, las situaciones de caos, desorganización, crisis, antagonismos personales, competitividad, luchas o guerras internas, ofrecen un lapso de paz o tregua en el que todos pueden unirse “contra” la víctima de mobbing. Se explica entonces el fenómeno conocido como cadáveres en el armario que consiste en que allí dónde hay una víctima de mobbing, encontramos anteriormente otras, que en otras épocas han cumplido el mismo papel como chivos expiatorios, acreditándose así un funcionamiento histórico verdaderamente patológico de la organización en cuestión. Cuando los casos de acoso psicológico llegan al paroxismo, el entorno de la víctima suele reclamar casi unánimemente la búsqueda de una solución traumática para la víctima que resuelva, cortando por lo sano, el problema. Se produce entonces la intervención de la línea jerárquica, que hace que se convierta el caso de mobbing en el caso de la víctima acosada, y no en el caso del acosador o acosadores. Ello se explica gracias al proceso de estigmatización de la víctima, anterior a la intervención de la dirección. Con la satanización de la víctima, la percepción común es que es ella misma, y no el acosador, la culpable de toda la situación que se ha generado. La línea jerárquica suele cerrar filas y tiende a aceptar y a hacer propios los prejuicios y estereotipos proyectados malévolamente por el acosador desde las primeras fases. En el sector privado es muy frecuente intentar terminar rápidamente con el “problema”, “dando carpetazo” lo que suele significar dar por terminada la relación laboral con la persona acosada. En el sector público la dirección intenta la apertura de expediente, la sanción o el traslado forzoso de la víctima. En muy pocas ocasiones las medidas contempladas afectan a los agresores, frecuentemente instalados en un determinado statu quo que los protege o los hace “intocables”. En ambos casos, el resultado práctico suele consistir en el atropello de los derechos de quien es la víctima del acoso y en la consolidación, perversa para el futuro de la organización, de quienes acosan a otros y hacen de ello una herramienta de management o de promoción personal. La investigación del caso por parte de la dirección suele completar la estigmatización como «oveja negra» del trabajador afectado debido a que los canales que utiliza la propia dirección para informarse del caso suelen estar afectados e “infectados” por la propia acción en que la estigmatización consiste. El mecanismo psicológico conocido como «error básico en la atribución», es la causa de porqué compañeros, jefes y directivos tienden a buscar la explicación de la situación de hostigamiento en supuestas características individuales de las víctimas, en lugar de buscar intervenir sobre los factores de un entorno organizativo tóxico (ausencia de gestión del conflicto, mala organización del trabajo, competitividad interna, ausencia de valores, inadecuación del tipo de tarea, pobreza de liderazgo, cargas laborales inadecuadas, caos, etc.). Los departamentos de recursos humanos de las empresas, habitualmente poco informados y menos aún formados sobre la incidencia del mobbing y sobre cómo operan de forma concreta, estos mecanismos perversos, incurren en el mismo error atribucional, facilitándose de este modo la adopción de la solución limpia, barata y rápida de «cortar por lo sano» excluyendo al trabajador que resulta doblemente víctima. 4. Fase de solicitud de ayuda especializada externa y diagnóstico incorrecto Es muy infrecuente que en las primeras fases de acoso la víctima solicite ayuda psicológica por desconocer lo que le ocurre o atribuirlo a otras causas. Cuando esta solicitud se produce, el daño suele estar ya instalado y la persona suele estar de baja debido a las diferentes enfermedades que puede ocasionar el mobbing. Hasta hace poco la intervención especializada con las víctimas de psicólogos y psiquiatras, tenía muchas posibilidades de ofrecer un diagnóstico incorrecto debido a que son aún muy pocos los especialistas formados en el tratamiento de un problema que tiene su origen en la propia organización en la que trabaja el paciente, y no en su personalidad o en factores psicológicos constitucionales previos. La víctima de acoso suele recibir de su médico de empresa, médico de cabecera, o del propio servicio de salud mental una serie de diagnósticos erróneos, o sólo parcialmente correctos que incrementan su confusión y sufrimiento al hacerle sentirse responsable de su propio acoso psicológico, victimizándolo. Los diagnósticos habitualmente realizados sobre los casos de mobbing suelen ser los siguientes: • estrés laboral (debido al estrés postraumático- ver punto 4.7 -que suelen presentar); • depresión (debido a la indefensión generada por el acoso continuado y la consiguiente distimia (alteración a la baja del estado de ánimo)); • burnout (debido al estrés, la distimia producida y a los sectores de actividad laboral en que el burnout se presenta); • personalidad paranoide (debido a la hipervigilancia); • maníaco-depresión o ciclotimia (debido a los altibajos en el estado de ánimo); • desajustes de personalidad (debido a las alteraciones y cambios en la personalidad que suele provocar el acoso); • neurosis ( debido a la falta de ajuste general ); • trastornos por ansiedad generalizada; • ataques de pánico. • déficits en habilidades sociales Estos diagnósticos son incorrectos en la medida en que olvidan o restan importancia explicativa a los aspectos situacionales laborales tóxicos que los están causando y que tienen su origen en una agresión externa, continuada y mantenida, y no en una fragilidad psicológica de la víctima. Estos diagnósticos clínicos no suelen verificar la existencia de comportamientos de hostigamiento en el ámbito del trabajo del paciente. A esto puede añadirse el efecto perverso sobre la salud psíquica de la víctima de ciertas “terapias positivas” de corte “culpabilizador” que no hacen sino cargar las tintas sobre el papel “protagonista” que la víctima tiene en la “fabricación de su propio mal”. Si la información de que la víctima recibe algún tipo de tratamiento psicológico llega a la organización, ello puede servir para estigmatizarla aún más, reforzando en la opinión pública la idea de que se trata de una “personalidad patológica”. A ello coopera el “error básico de atribución”. Se refuerza así el proceso de estigmatización iniciado contra la víctima, a la que se atribuye la responsabilidad de causarlo todo debido a sus «problemas psicológicos».Todos quedan tranquilos puesto que “la víctima tiene la culpa de lo que le ocurre”. La imagen pública, la reputación, así como la carrera profesional de la persona puede verse dinamitada o destruida de manera irremediable. 5. Fase de salida o expulsión de la organización Al llegar este punto todo está dispuesto para que la víctima sea lanzada, excluida, o expulsada de su lugar del trabajo. La salida de la organización del trabajador afectado por el acoso psicológico se ha ido facilitando cuando previamente no existían ni se daban causas por las que prescindir de él. En determinados grupos de edad, la situación de salida de la organización aboca al trabajador a una situación de paro prolongado o definitivo casi seguro. Muchas víctimas, al no poder resistir la situación límite del acoso psicológico sobre ellas, mal diagnosticadas y desasistidas por los especialistas, aisladas y estigmatizadas por su entorno profesional y social, y viéndose sin otra opción profesional interna, deciden terminar con la relación laboral por sí mismas y abandonan su trabajo, con tal de escapar del campo de concentración en el que viven. Si la víctima pertenece a la administración pública, suele pedir un traslado que le perjudica, o bien suele solicitar directamente una excedencia voluntaria. Algunos casos extremos de mobbing abandonan para siempre la función pública. Las víctimas que deciden resistir sin abandonar su lugar de trabajo y sin hacer frente al acoso que padecen, entran en la indefensión y generan una espiral de bajas laborales crecientes, incrementándose de forma significativa la probabilidad de ser despedidas por una baja productividad o por sus reiteradas ausencias del trabajo. Resulta preocupante y doloroso observar que para la mayoría de las personas que atraviesan un problema de acoso psicológico en el trabajo, la situación desemboca a medio plazo en una salida de la organización o en un desplazamiento que se opera de manera más o menos traumática para la víctima.

Diagnóstico diferencial del acoso psicológico en el trabajo.

La enorme divulgación mediática del problema del acoso psicológico en el trabajo puede llevar al error de trivializar o banalizar este problema pasándose de una situación en la que el mobbing era clandestino, a otra en la que cualquier desencuentro o conflicto pudiera ser entendido como un caso de Mobbing. Para evitar esto es necesario proceder con el mayor rigor a establecer las diferencias entre diferentes situaciones y casos en la vida de las organizaciones. El acoso psicológico no debe ser evaluado sin más como un simple conflicto. Tampoco es un comportamiento casual o accidental sino que busca obtener un efecto perverso: la destrucción, el sometimiento o la exclusión de un trabajador Los conflictos puntuales o los desencuentros son parte de las relaciones humanas y no son situaciones de acoso psicológico. Sin embargo suele ser el escalamiento de un conflicto en el tiempo sin una gestión proactiva la que puede llevar a casos de mobbing. El mobbing no debe confundirse con fenómenos comunes y frecuentes en el trabajo entre personas como pueden ser los siguientes: - tener un mal día en la oficina - tener un jefe o compañero un poco "quisquilloso" - tener una "bronca" puntual con algún compañero o jefe - tener una temporada de mucho trabajo - estar estresado - trabajar en un ambiente enrarecido o conflictivo - tener un conflicto, una discusión, un desencuentro puntual El mobbing por el contrario se manifiesta por un comportamiento de persecución continuado y persistente que se materializa en: • intentar someter o eliminar a una persona de su puesto de trabajo usando maquinaciones contra ella • desestabilizar emocionalmente a una persona mediante todo tipo de estrategias buscando que esta "explote" • atacar sistemáticamente a una persona criticando destructivamente cuanto realiza en su trabajo • maltratar verbalmente a una persona mediante amenazas o gritos o insultos para minarla psicológicamente atacando su dignidad • deteriorar deliberadamente el rendimiento laboral de una persona • hostigar sistemáticamente a una persona mediante acusaciones falsas acerca de su trabajo • inducir intencionalmente a una persona a cometer errores • destruir la reputación personal o profesional de una persona mediante calumnias • forzar a una persona a un abandono prematuro o ilícito de su puesto de trabajo mediante coacciones o amenazas • destruir la salud física o psicológica minando la autoestima y la confianza en si misma de una persona • aislar a una persona y reducir sus posibilidades de expresarse o de comunicarse con jefes o compañeros de trabajo • sobrecargar de trabajo a una persona de manera sistemática o reducir los plazos de ejecución de las tareas para forzarla al fracaso en los objetivos • dejar a una persona sin nada que hacer, a pesar de haber trabajo para ella, para desestabilizarla y acusarle después de falta de rendimiento o pereza • alterar el entorno laboral de la persona, envenenando a sus compañeros de trabajo contra ella El diagnóstico de mobbing no queda establecido por la mera “sensación” de la víctima de estar siendo acosada, sino por la existencia de comportamientos reales de hostigamiento que se repiten y se prolongan en el tiempo contra ella. La verificación de la existencia de estos comportamientos de acoso suele corroborar habitualmente la versión de lo que la víctima refiere. La referencia de las víctimas de que tales conductas de acoso se repiten contra ellas debe ser suficiente para poder instruir internamente en la organización el caso y proceder a la verificación de su existencia mediante las oportunas técnicas de evaluación y detección.